¿Cómo serán los aeropuertos en el mundo pospandemia?

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Son especialmente desoladoras las imágenes de los aeropuertos vacíos que estamos viendo estas semanas. El cierre de fronteras en algunos países, las restricciones de viajes y la cancelación de vuelos para evitar el contagio han llevado a la suspensión de la mitad del tráfico de pasajeros, según Airport Council International (ACI). El 45% de los destinos ha cerrado sus fronteras total o parcialmente para turistas y un 30% ha suspendido total o parcialmente los vuelos internacionales. La Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA) prevé una drástica caída de los ingresos de más de 286.000 millones de euros en lo que queda de año. Más de 25 millones de empleos en todo el mundo se verán afectados.

La industria del transporte aéreo se enfrenta a su mayor crisis. Pero no podemos abandonarnos al pesimismo. Estamos ante una oportunidad para mejorar un modelo en lenta pero constante evolución: desde las primeras infraestructuras aeroportuarias hasta la actual 4ª generación de aeropuertos comerciales, estos espacios enormes, muchas veces abrumadores, en los que hemos abrazado a las personas queridas en una despedida o una bienvenida, que han sido las puertas al viaje y al descubrimiento, siempre han respondido a los desafíos de la compleja e inesperada realidad. Lo vimos tras el 11S y lo comprobaremos de nuevo. Aunque el reto ahora sea infinitamente más complejo.

Cada 30 años aproximadamente, una nueva generación de infraestructuras aeroportuarias ve la luz. La 5ª generación debe abrirse paso impulsada por las actuales circunstancias y por el desarrollo tecnológico. Es el momento de hacerlo, pero no hay una fórmula para diseñar un aeropuerto. Ni una ecuación algebraica que dé respuesta a todas las variables implicadas en ese gran reto. Incluido hacer frente a una pandemia. Un aeropuerto es la primera y última impresión que el viajero tiene de una ciudad, región o incluso país. Debe ser espejo de su comunidad. Y generar una experiencia positiva en un espacio que es, en el mejor de los casos, un lugar ajetreado, abarrotado y estresante.

Los aeropuertos también son un reflejo de lo que sucede en el mundo y, de hecho, ponen de manifiesto sus mayores retos. Desde la accesibilidad hasta la protección contra el terrorismo, pasando por el desafío medioambiental, los aeropuertos deben responder en tiempo real a los cambios que exige la sociedad. Ahora, en tiempos de una pandemia, la arquitectura y el diseño deben hacer todavía más: deben equilibrar la sensación de libertad de movimiento con el miedo a la incertidumbre. Y contribuir a asegurar la supervivencia de una industria vital, generadora de actividad, riqueza e intercambio cultural.

¿Cómo puede el diseño aeroportuario gestionar la incertidumbre y garantizar la seguridad ante una amenaza invisible y global directamente relacionada con nuestra forma de vivir hiperconectada? ¿Cómo evitar el contagio en espacios/edificios cuya razón de ser es mover cantidades enormes de personas? La solución está en la flexibilidad, en maximizar los metros cuadrados de un aeropuerto para acoger nuevas medidas visibles e invisibles de seguridad, garantizando la distancia personal y la limpieza. El espacio será clave. El aeropuerto del futuro se diseña ahora. Lo que imaginamos como una posibilidad es ya un imperativo de esta nueva realidad. Y la tecnología jugará un papel esencial aunque no sin consecuencias en aspectos como la privacidad. Para reducir el contacto físico y evitar colas se adelantarán procesos que antes solo se realizaban dentro del edificio aeroportuario. Con aplicaciones de móviles, los viajeros podrán hacer el check-in desde su casa, el hotel, de camino a la terminal... Y el equipaje tendrá un sistema de etiquetado electrónico y no será necesario tocar el papel.

Los test de control de temperatura corporal se realizarán a las puertas del aeropuerto o en las zonas de parking (que se transformarán en zonas de registro y revisión) lo que supondrá otra medida más de control antes de entrar en el aeropuerto. Esto no asegura nada. Las identificaciones electrónicas e incluso los pasaportes sanitarios serán leídos sin tener ni siquiera que hacer el gesto de sacarlos del bolso o del bolsillo. El big data y la inteligencia artificial harán posible que los controles de seguridad sean con reconocimiento facial y pasaporte electrónico antes de acceder al edificio terminal.

Los materiales también van a cambiar. El uso de nuevos dispositivos fotocatalíticos basados en material antibacteriano, antiviral y autolimpiable, como el dióxido de titanio, la plata y el cobre, en áreas de gran tránsito y alto uso se convertirá en norma. El mobiliario, incluidos los botones de los ascensores y las manillas de las puertas, será revisado para adaptarse a una nueva realidad contactless y a la necesidad de ser duraderos, ya que los controles de limpieza serán todavía más férreos y las superficies deberán facilitar esos protocolos higiénicos permanentes.

Seremos espectadores del nacimiento de nuevas tecnologías. Pero también veremos cómo la arquitectura utilizará más que nunca luz y ventilación natural. Materiales y procedimientos analógicos que no solo ayudarán en el recorrido intuitivo del usuario y a rebajar los niveles de gasto energético, sino que humanizarán unos espacios donde todas estas medidas visibles e invisibles garantizarán la seguridad a un precio: la pérdida de privacidad. Debemos, insisto, diseñar con flexibilidad, un concepto que suena sencillo pero que es mucho más complicado de implementar.

Otra de las claves estará en la ampliación de usos en los aeropuertos para incluir espacios abiertos, así como zonas-pabellón con techos que permitan la exposición solar. Incluso los pasillos largos y lúgubres que todavía nos encontramos en algunos aeropuertos pueden ser transformados en centros culturales que reflejen la historia de la ciudad, su comunidad y sus valores geográficos en los que no falte una sensación de apertura y luz natural.

¿Quién no ha pisado un aeropuerto alguna vez? Millones de personas lo hacen a diario. Son motores esenciales de la economía y los mayores centros de conectividad global. Por este motivo he dedicado mi vida y mi carrera al diseño de más de 10 aeropuertos en todo el mundo. Su razón de ser es la misma que la de las ciudades: conectar a las personas. Por eso debemos trabajar rápida, coordinada y eficazmente para asegurar que siga siendo así.

Un aeropuerto sostenible del futuro será seguro, reconocible, acogedor, elegante, dinámico e innovador. Pero, sobre todo, será flexible para adecuarse rápidamente a los desafíos de la realidad. Una de las múltiples lecciones de esta pandemia será cómo construir un futuro más seguro para seguir desarrollándonos como seres sociales. Los humanos siempre hemos tenido la necesidad de viajar, explorar y descubrir, y después volver a casa sanos y salvos. Nuestro deber y compromiso como arquitectos es hacer esa experiencia segura y memorable, por desafiante o compleja que sea la circunstancia que nos toque vivir.


Fuente: https://cincodias.elpais.com/cincodias/2020/06/05/opinion/1591365810_763437.html